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Lo barato y lo caro

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Pad thai vegano barato y rico

No he oído nunca a nadie quejarse: “es que los productos omnívoros son muy caros”. Claro que no. Porque semejante generalización es absurda y sin fundamento. Hacerla en cuanto al veganismo es igual de ridículo y aún así oigo la frase muy a menudo, incluso en medios impresos.

Ser vegano no es caro. Depende de lo que comas, de lo que compres, lo que te guste y lo que consideres tú, caro. En una dieta omnívora puedes comer barato o caro. En una vegana, lo mismo. Puedes comer vegano caro o vegano barato. De entrada, los veganos no comemos carne, embutidos, pescado ni marisco, lo cual abarata mucho la cesta de la compra. Además, la comida vegana sana es la más barata: las legumbres, nuestra fuente de proteínas son de los productos más baratos que se pueden comprar, la fruta, la verdura, los cereales…todo a un buen precio. Lo más caro son los frutos secos. En la alimentación vegana los productos procesados suelen ser lo más caro de todo pero no son imprescindibles y encima no suelen ser muy sanos.

Lo barato y lo caro son términos relativos. Tendríamos que re-educarnos al respecto. Es un error valorar las cosas sólo por su precio. Por ejemplo, los menús de comida rápida(cuyas hamburguesas deberían venir acompañadas del número de teléfono de un cardiólogo) son súper baratos y sin embargo tienen un muy alto precio para nuestra salud y para el medio ambiente. En realidad los pagamos muy muy caros.

El precio de las cosas implica y conlleva muchas consecuencias que a menudo se nos olvidan o que deliberadamente ignoramos creyendo que así salimos beneficiados o que dan igual cuando, en la mayoría de los casos, nos estamos perjudicando.

Un buen ejemplo de esto son los productos ecológicos, otra de las cosas de cuyo precio la gente se queja mucho. Los productos ecológicos tienen un precio más alto que lo producido en masa y de manera industrial porque el precio de lo ecológico incluye otros parámetros como el respeto al medio ambiente: respetar los ciclos naturales de los productos, no contaminar la tierra ni el agua donde se cultiva con químicos que después pasan a las verduras o a la fruta (para que luego no te acabes comiendo una ensalada con aliño de AOVE y glifosato sabrosón), no se sobre-explota la tierra y esto hace que las producciones sean más pequeñas también, con lo cual, repercute en el precio. Al final, pagas más, pero no comes tóxicos ni contaminas el medio ambiente. Que a lo mejor el tema del medio ambiente te da igual porque tu bolsillo es más importante pero el tema de los herbicidas en las verduras y en la fruta son palabras mayores. Y una cosa, aunque pienses que el cuidado del medio ambiente es algo completamente ajeno a ti, las consecuencias de no haberlo tenido en cuenta durante mucho tiempo nos van a afectar a todos por igual, conscientes o no. De hecho, ya nos están afectando.

Dice Bolsonaro que el cuidado del medio ambiente no debería frenar el progreso económico (y mucho me temo que hay políticos en nuestro país que piensan igual), lo que me hace pensar que a lo mejor habría que redefinir el concepto de progreso si para ello hay que acabar con todo: selvas, ríos, mares, tierra, todas las especies y hasta nuestra propia salud. Tenemos que encontrar la manera de cambiar los parámetros, que progresar sea por el camino respetuoso, buscando alternativas sostenibles, capaces de respetar el planeta y cohabitar con el resto de seres vivos para ayudar a la tierra a regenerarse. Nosotros sólo somos una especie más, no somos algo externo ni alejado de la naturaleza, somos parte de ella aunque nos creamos seres superiores y pensemos que podríamos vivir sin ella. Seguimos siendo hijos de la tierra e inevitablemente compartiremos su destino (y el mal llamado progreso no nos va a servir de nada).

Lo que hoy conocemos como progreso económico, cuyo único objetivo es producir más y más barato para que se consuma cada vez más sin pensar en que los recursos se están agotando y al final nuestros residuos van a enterrarnos a todos, no va a revertir sus consecuencias. No va a hacer que vuelvan a brotar las selvas de palma quemadas para la obtención de aceite, no va a resucitar a los rinocerontes blancos, ni a los osos polares que ahora rozan la extinción, no va a eliminar el plástico que ya invade los mares y alimenta a los peces, ni va a poder filtrar nuestro aire contaminado, no va recuperar las hectáreas de selvas taladas para alimentar al ganado, no va a ayudar a los ríos a recuperar sus cauces desviados para formar presas monstruosas, y sobre todo, NO va a conseguir que el petróleo dure eternamente y se va a acabar. Antes, las consecuencias negativas de este “progreso” se esperaban muy a largo plazo, era algo lejano en lo que a penas pensábamos, pero hemos llegado a un punto en el que el plazo es ya tan corto que hemos empezado a notarlas. Y aún así seguimos cegados por el dinero en vez de cambiar nuestros hábitos de consumo.

Es verdad que cuando uno va a la compra resulta tedioso tener que andar leyendo cada etiqueta o tener que preguntar por el origen de los productos, pero creo que es un precio pequeño teniendo en cuenta todo lo bueno que conlleva elegir productos respetuosos con el medio ambiente, de cercanía, libres de crueldad animal. Porque cuando sólo nos fijamos en el precio que marca la etiqueta, contribuimos a todo por lo que no queremos pagar: salarios injustos, malas condiciones laborales, maltrato animal, indiferencia por el medio ambiente, tóxicos en la comida, problemas serios de salud. El precio no sólo es cuestión de dinero. Y ojo, que con esto no quiero decir que lo caro sea necesariamente bueno por ser caro. No. Con esto lo que digo es que veamos más allá del precio. Que nos molestemos en leer etiquetas, en buscar información sobre las empresas y las marcas. Que no nos fijemos solo en lo que quieren que veamos, en la imagen idílica que nos muestran los anuncios o los envases,  sino que lo cuestionemos y lo sopesemos todo antes de elegir un producto.

Muchos de los productos veganos que decimos que son caros son productos sostenibles, respetan el medio ambiente, no contaminan y se producen en fábricas que tratan bien a sus empleados. Otros son pequeñas marcas que están empezando, no disponen de grandes cadenas de distribución y no pueden ajustar más los precios. Quejarse por el precio de las cosas sin mirar más allá es un error. Ya es hora de que evaluemos los productos por más parámetros además de por el precio: calidad, salud, condiciones laborales, ecología…somos responsables de los efectos de lo que compramos. El precio también lo decidimos nosotros. Que tengáis un buen día.